Grecia 1 – Mercados 0

Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Así se expresaba un representante alemán de los años treinta del siglo pasado, que era tan europeísta que estaba decidido a ocuparla entera. Escuchar hoy que los mercados regulan los precios; que son el motor de la economía; que son imprescindibles para los estados; que tienen mucho poder y pueden tumbar gobiernos; que no queda más remedio que los gobiernos deben entenderse con ellos;… todo ello no pasa de ser una ironía pesada de la historia.

Los gobiernos pueden gobernar para las élites económicas, contra las élites económicas, o con las élites económicas. Incluso algunos, en España, saltan con frecuencia desde la carrera de San Jerónimo al otro lado del Paseo del Prado, a la Plaza de la Lealtad donde se ubica la Bolsa de Madrid.

Lo importante de las palabras no es lo que nos gusta que significaran, sino lo que significan para el más común de los mortales. Así no significa lo mismo la palabra democracia para los ciudadanos de a pie que para los banqueros de cualquier país.

Si hablamos de mercados, lo que entienden los ciudadanos corrientes, son los especuladores de la bolsa, de la CITI, de los bancos y las empresas de seguros, de los fondos de inversión, en definitiva de los especuladores[1].

Desde el mercado de la Roma antigua, el mercado del Foro romano; o el mercado del ágora en Atenas, hasta hoy el concepto de mercado ha variado sustancialmente. Se podría decir que entonces había mercados democráticos (gobernados por el pueblo), y mercados plutocráticos (gobernados por los ricos). En los primeros manda el sentido común, la racionalidad, la confianza y el juego limpio. En los plutocráticos impera la agresividad, la irracionalidad, los peores instintos, el miedo y el juego sucio[2].

grecia

En Grecia los mercados acreedores de la deuda de ese país, es decir, sin eufemismos, los bancos que habían prestado dinero a los gobiernos griegos de las dinastías de los Karamanlis y los Papandreu, estuvieron sosegados hasta que se olfateaba el triunfo de Syriza. Desde entonces se dedicaron a maniobrar conspirativamente contra ese país, empezando por descapitalizar los bancos, promoviendo la salida de depósitos fuera del país e imponiendo una financiación a unos tipos de interés de escándalo (se conoce que la famosa prima de riesgo debe rondar los 1.100 puntos, lo que hace que el diferencial  con los intereses que paga Alemania sea enorme). Los mercados buscan que la rentabilidad de los bonos del Estado les dé los mejores dividendos.

Los analistas -esos señores que hablan en las tertulias y escriben en los “medios” de todo y no entienden de casi nada-, consideran que para que baje la prima de riesgo y disminuyan los intereses que paga el Estado a los prestamistas, es decir a los mercados, es necesario que haya orden político y estabilidad[3]. Es decir que para que los bancos alemanes y los grandes banqueros de todo el mundo se sigan enriqueciendo, es necesario que continúe el bipartidismo, siga el “tuya mía, tuya mía, cabecina y gol”, y así puedan obtener dinero casi gratis del Banco Europeo y con él puedan comprar deuda soberana al interés más alto posible. En definitiva: los mismos gobernantes que controlan la emisión de moneda, el BCE, prestan dinero a los bancos al 0,5% y estos, con ese dinero, compran deuda soberana a esos mismos gobiernos al 4, 5 y hasta el 6%, deuda que pagamos todos los ciudadanos[4]. Y todo ello sin moverse del sillón. Una forma específica y muy rentable para los poderosos de inyectar liquidez por los bancos centrales, en este caso el BCE.

Pues bien, en Grecia, esos mismos analistas tenían la esperanza de que las clases medias votaran con lo que ellos llaman “sentido común”, esto es, sin revolución ni ruptura.

Pero héteme aquí que Grecia ha votado con el más común de los sentidos y ha dicho basta al cúmulo de despropósitos a los que la troika y toda la mafia que la rodea habían sometido al pueblo griego. Y así, sin ningún comandante que llegara y mandara parar, el pueblo griego ha sacudido la primera gran bofetada histórica al bipartidismo y ha dicho que sí se puede hacer frente a los voraces mercados. Y que pueden obtener la prosperidad y el bienestar de la ciudadanía, frente a las fuerzas de los que claman por la victoria de la estabilidad para incrementar los beneficios de una minoría. Son las mismas fuerzas que pregonaban que se trata de grupos minoritarios de jóvenes que quieren la ruptura con el sistema porque no tienen nada que perder. Los mismos que alertan contra las alternativas de IU y Podemos, porque según ellos España es demasiado grande para que se la pueda dejar caer y por tanto los bancos sistémicos podrán cobrar la deuda. Y así los inversores podrán cobrar sus beneficios e incrementar sus activos. Amén de continuar diversificando sus inversiones en fondos de inversión, o fondos de pensiones.

Aunque parezca mentira, los mercados no tienen trastornos bipolares; no miran con unos ojos la rentabilidad de unos beneficios y con otros las perspectivas políticas. Cuando hay posibilidad de cambio político saben bien donde invertir. No en vano controlan los principales medios de comunicación de masas (prensa, radio y TV). Pero aunque se asusten y traten de controlar lo más posible, hay algo que no podrán controlar: la voluntad de los ciudadanos, y las comunicaciones por las redes sociales.

Es decir, que no hay lugar para la complacencia. Si los resultados de las elecciones municipales, autonómicas y generales dan un cambio político contra el bipartidismo, los mercados tendrán la tendencia de asustar.

Estas premisas son parte de la explicación de los ingentes beneficios de los bancos en esta etapa de crisis. Pero volvamos a Grecia y a su deuda.

¿Qué pasaría si abandona Grecia el Euro? ¿Y por qué hay que pagar las deudas a quienes los estafaron? Si al final vamos a ser pobres de un modo u otro, al menos podremos hacerlo con dignidad. Por de pronto, el gobierno griego dice que primero va a rescatar a los ciudadanos y busca pagar la deuda razonable con los resultados beneficiosos de un crecimiento necesario para poder afrontar el pago de la deuda que les dejó los sucesivos gobiernos de la derecha. Rescatar a los ciudadanos desahuciados, a los excluidos socialmente, a los que no tienen sanidad gratuita, a los funcionarios convertidos en pobres  y a los sepultados por una hipoteca antes que a los bancos.

Tras la victoria electoral de Alexis Tsipras el gobierno anunció las primeras medidas que tienen previsto aprobar:

– Subir el salario mínimo de 586 euros brutos a 751 euros brutos (el que tenía antes de los recortes)

– Restaurar la negociación colectiva con los sindicatos

– Devolver sus puestos a 3.500 funcionarios despedidos ilegalmente

– Recontratar a las limpiadoras del Ministerio de Finanzas.

– Dar la nacionalidad griega a hijos de inmigrantes nacidos en Grecia.

– Abolición del euro por receta sanitaria

– Abolición de la tasa por cada consulta médica (ahora entre 3 y 5 euros)

– Restaurar el acceso universal a la sanidad pública a los 3 millones de griegos que se habían quedado fuera del sistema sanitario y que ahora sólo tenían derecho al acceso a las urgencias.

– Paralizar la privatización del Puerto del Pireo. Estaba previsto que el Gobierno sacase al mercado el 67% de la propiedad del puerto. El principal candidato para comprarlo era el grupo chino COSCO, que ya opera bajo una concesión de 30 años las terminales de carga II y III.

– Paralizar la privatización de PPC, la Compañía Nacional de Energía, en la que todavía hay un 51% de las acciones en manos del Estado.

– Revisar todas las privatizaciones “para que no se haga ninguna que vaya en contra del interés general”. Estudiar las previstas: Puerto de Tesalónica, operador ferroviario Trainose, operador infraestructura ferroviaria ROSCO, etc…

El gobierno griego quiere cambiar la nueva religión absoluta de los eufemismos sobre el crecimiento (generalmente para unos pocos), la santidad de la deuda y de los compromisos adquiridos por los gobiernos griegos anteriores, y cambiarlo por el crecimiento y el bienestar para el conjunto de los ciudadanos. Cambiar la dicotomía según la cual los políticos dirigentes de las élites económicas europeas son la inteligencia y los demás somos unos estúpidos. Cambiar, en definitiva, las viejas recetas del viejo sistema: los problemas del sistema se agravan y algunos quieren resolverlos con las mismas recetas de austericidio y estancamiento económico.

Las políticas que no lleven parejas medidas de crecimiento económico real y mayor democracia con las consiguientes medidas redistributivas, son tan irreales como el dinero mismo. ¡Hay que salir de esta economía ficticia! Una economía que se basa en la especulación y en las burbujas. Si en la década de 1970 el comercio suponía seis veces el valor de los bienes, en 1995 era 50 veces más. Y además la conversión de amplios sectores económicos a la economía especulativa y fiduciaria (la moneda fiduciaria se ejemplifica por extensión, con los créditos “a troche y moche” concedidos por las hipotecas basura), llevó parejo la mayor concentración de los oligopolios (eléctricas, de comunicación, bancarios, informáticas, de alimentación,…). De suerte que el capitalismo se vuelve cada vez más mercantilista que promete empleo, crecimiento, desarrollo y muchas otras ilusiones, y no cumple nada.

Vivimos una economía ficticia de lunática inflación potencial. Cada vez hay más cantidad de dinero circulando y cada vez está repartido más desigualmente. De ahí que se contemple con cierta naturalidad el recate de los bancos. En definitiva los depositarios y los compradores de bonos y productos avariciosos –ahora llamados tóxicos-, entre ellos los famosos preferentes quieren defender sus dineros. Las tarjetas bancarias, los bonos basura, los bonos de inversión, también son dinero en circulación[5].

Pues bien, si los bancos fueron el problema, los bancos no pueden ser la solución y por tanto  no hay por qué rescatarlos. Sería aconsejable que ante situaciones como ésta se actuara por parte de los poderes públicos para poder orden en el mundo financiero y regular el sistema bancario, impregnado hoy de injusticia, corrupción y avaricia voraz de carácter delincuente y mafioso. Bankia podría haber sido un buen ejemplo.

El dinero, incluido el de la deuda soberana, es una convención. Las personas y las familias son reales, pero el dinero es una conven­ción. Los necios están convencidos de que el dinero es real. En España, los Austrias hundieron las arcas del Estado por la deuda que contrajeron para sus guerras de religión y demás correrías, y se les consideró ejemplares; los borbones del s XVIII hicieron disminuir la deuda y en la segunda mitad del siglo el país creció. Enrique IV se le conocía como el Buen Rey porque la Francia que gobernó estaba maniatada por la deuda y la desapareció; Francia vivió 250 años de crecimiento tras disminuir la deuda; Atenas desarrolló su crecimiento tras librarse de la deuda; EEUU se construyó y se quitó la deuda con una quita, o mejor con cinco quitas entre la guerra civil y 1929; la riqueza de Estados Unidos a lo largo del siglo XX se basa en parte, por no haber pagado su deuda en 1929. Obtuvieron préstamos en Europa, en los mercados, y con ese dinero construyeron ferrocarriles, carreteras. Los que dejaron el dinero lo perdieron y ellos se quedaron con sus infraestructuras. Estados Unidos pudo convertirse en una gran economía a partir de 1935.

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¿Es la deuda de Grecia, la deuda de Europa? Va ayudar el BCE a pagar la deuda de Grecia, o la de Portugal. O la de España? O mejor: ¿se puede permitir la Unión Europea la salida de Grecia , o de España, o de Portugal del Euro?

Los inversores corrientes saben que los porcentajes de rentabilidad son cada vez menores y por eso prefieren vender antes que evitar la inestabilidad.

Los mercados valoran los cambios políticos de forma binaria, con 0 ó 1. Su materia gris no les da para más. O bien analizan la situación económica al margen de la situación política y por separado pensando que nadie quiere cambio del sistema, o se desesperan cuando los pueblos ejercen democráticamente el cambio[6].

Los inversores privados ignoran los cambios políticos, o hacen que los ignoran, mientras los mercados no de la señal de alarma, y cuando la dan retiran sus inversiones. Es decir, ante la posibilidad de ganar más con más riesgo, o bien no ganar con tranquilidad, prefieren lo primero mientras no se enciendan las luces de alerta, que es cuando venden o sacan el dinero fuera como ocurre en Grecia, o como hacía Carmen Polo de Franco en plena transición.

Por último, cabe decir que no hay lugar para la resignación ni la pusilanimidad. El gobierno griego da muestras de ello. Renegociar la deuda, crecer en productividad real, distribuir las cargas impositivas, combatir el fraude fiscal y la fuga de capitales y afianzar en definitiva una democracia más real.

[1] Las definiciones anteriores a los procesos de especulación capitalista definían los mercados como la contratación pública en lugar destinado al efecto. Era el mercado de los pueblos en el que se podía comprar, vender o permutar producto o mercadería.

[2] Por ejemplo: mercadillo navideño, mercado democrático. Mercados financieros, mercados de drogas, armas, trata de mujeres, etc., mercados plutocráticos.
[3] Lo dice uno de esos próceres de la London School of Economics.
[4] Actualmente España se financia a tipos de interés bajos. Hace pos días, el Gobierno colocó 2.100 millones a tres años con una rentabilidad para el inversor del 0,987%, la más baja en mucho tiempo. La deuda a cinco años se ha colocado a 11,54%. La rentabilidad del bono a 10 años estaba en enero en el 2,88%, comparado con el 5,06% en junio de 2013. Y la rentabilidad del bono de Estados Unidos a 10 años ronda el 2,6%. Imaginemos que fácil les resulta a los bancos comprar deuda soberana con préstamos del BCE a intereses irrisorios, un interés nominal cercano al 0%.
[5] Un buen paradigma de especulador es el banquero de origen húngaro Georges Soros con una riqueza valorada en alrededor de 20.000 millones de euros, una de las mayores fortunas de EEUU y el 25º a nivel mundial. Se trata de un gestor de fondos especulativos que ahora diversifica hacia sectores de infraestructuras, tecnológicas y energía. Aunque no desprecia la deuda soberana. Paralelamente presume de filántropo y bienhechor. A este señor le queda parapintado aquello de “por la caridad entra la peste”.
[6] En otras épocas no muy lejanas estas situaciones las resolvían apoyando y promoviendo golpes militares de estado.

 

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